miércoles

4 de marzo de 1966

Hace un mes…

“Esta historia comienza en un aquí y en un ahora. Y lo hace de esta soberana manera, porque no se me ha ocurrido otra dicha más silente y cercana que rodearme del sedoso papel y la finura de la negra tinta.
Sabrás a su debido tiempo que mi existencia siempre ha viajado en primera a bordo de un zeppelín lleno de letras. Soy uno más, de miles. Un viajero de riguroso traje manchado de tiza y de cartera a cuestas repleta de libros. Y estoy muy orgulloso, porque este don, que me ha sido otorgado con los genes, por mi sangre fluye encubierto para que no lo sepa nadie. Y me encanta. Gracias, mamá.

En mi despacho, a dos palmos de mi vista, la reluciente máquina de escribir Underwood Five, que la tengo situada con cariño al lado de un globo terráqueo (que hago girar a diario veloz como lo hacen mis disparatados sueños) me admira, muda y perpleja, sin saber de qué va esto.

Aguarda fiera porque he decidido contarlo todo con la señorial pluma. Y debe ser así, porque los caballeros que son educados y discretos, guardan en su chaquetón de invierno, a la par que un pequeño reloj de bolsillo con el que coquetean las horas a las señoras, un diario secreto repleto de sus intrigantes y rocambolescas andanzas.

Ahora es noche cerrada y llueve con fuerza. Los relámpagos presionan el disparador de su máquina de fotos, hoy en su colección de primavera para Life, y tengo siempre la impresión que quedo movido, borroso o con los ojos cerrados en estos ciclos naturales. Los anhelados truenos no tardan en venirse a la fiesta. Pero no tiran confeti, sino que crujen y sacuden la tierra. No quieren pero abren las cajas de los miedos de los insomnes o de los “sueñoligeros”; como un servidor acongojado ahora, que observa caer enormes gotas, a ráfagas violentas, que aporrean el cristal perseverantes en un “dejadme entrar, dejadme entrar”. Aún así soy capaz de ver mi cadavérica imagen agotada, inerte y gris; y mis dedos llenos de tinta resbalan al palpar la humedad del ventanal.

Estoy, me ves del otro lado, sin embargo, me hallo lejos, pues viajo enfrascado en una botella perdida en el mar de mis recuerdos: Mi madre, magnífica lectora de cuentos, siempre me decía que cuando llueve de esta manera hay un niño solo y perdido en algún lugar lejano buscando que lo quieran. Un niño que no sabe cómo sacar su rabia. Pero aquí en casa, son las cuatro de la mañana y en el piso de arriba, mi amor, tú hace dos semanas que te despiertas a esta hora, con la precisión de un bisturí brillante, y que no paras de llorar a pleno pulmón.

—¿Qué te pasa Sofía? pausa ¿No es suficiente el amor que a cada instante te damos tu madre y yo?

Una pausa más prolongada disfrazada de pez grande que se come al pequeño.

—¿En qué fallamos cariño? Dímelo, aunque sea en tu lenguaje… Lo descifraré.

Con estas dudas asaltando mi brillante mente a cada paso que el sol da, he llegado de pronto hasta la luna. Este curioso astro es mi favorito para mordisquear hasta llegar a cuarto menguante durante semanas. Me encanta disfrutar de su presencia, embelesado, hasta bien temprana la mañana. Es un placer más atroz que el chocolate. Mucho más.

Por todo esto que aún desconoces y que, sin duda, será de relevancia según lo plasme en tinta, he venido a contarte en secreto todo lo que debes saber. No creo que lo descubran, aunque son muy hábiles y hemos de ser cautos.

Pero, paso a paso, porque mañana volverás a llorar a tu hora y Anna, tu bella madre y la única mujer que he amado en mi vida, me dirá que baje al despacho a dormir para que tenga fuerzas para dar mis clases diarias en la universidad al día siguiente.

Y volveré aquí, y sólo estaremos otra vez tú y yo…”

domingo

11 de Marzo 1966

Primer cartel de alistamiento visto en el centro de la ciudad.